Lecciones de un Peregrino

Más allá de las expresiones de afecto y gratitud al Papa Benedicto XVI que se multiplicaron, con justas razones, en las horas finales de su Pontificado, los acontecimientos en la Iglesia universal desde el pasado 11 de febrero nos interpelan a los católicos en cuanto al modo en que vivimos nuestra fe en la Iglesia.

Seguramente el Santo Padre nunca tuvo la intención de dar lecciones con su renuncia. Pero es indudable que la decisión, las palabras y los signos que nos ha regalado en este tiempo nos invitan a una revisión seria, fraterna y transparente de nuestro discipulado y misión, tanto en lo personal como también en las estructuras eclesiales.

Vale la pena preguntarse por qué la decisión de Benedicto XVI nos tomó tan de sorpresa en la Iglesia. ¿Por qué sorprende que un Papa reconozca su humana condición y sus limitaciones? ¿Por qué debiera asombrarnos que opte por retirarse a una vida de oración y silencio, y no se quede instalado en la sombra de su sucesor? No debiera sorprendernos, pero sorprende. No debiera ser novedad para un cristiano que la barca de la Iglesia no es del Papa ni de los obispos sino de Jesús el Señor. Pero Benedicto sintió el deber de recordarlo en su última audiencia. Es evidente que todos somos simples peregrinos y estamos de paso, pero Joseph Ratzinger prefirió pronunciarlo entre sus últimas palabras, horas antes de hacerse efectiva su renuncia.

En 1996, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, describía muy claramente a los obispos latinoamericanos un proceso corrosivo que bien podría explicar nuestra sorpresa de estos días. Decía que nuestra mayor amenaza “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad”.

Citando este diagnóstico, los pastores de nuestro continente afirmarían después, en el documento de Aparecida (2007) que “no resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados”.

Es un desafío de marca mayor que no podemos seguir esquivando. Benedicto XVI nos trazó un camino en el comienzo de su primera encíclica Dios es amor: “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida”. Desde esa experiencia de Jesús que ha vivido intensamente, el Papa nos ha recordado que en la Iglesia quien ocupa el sitio primero debe ser el último y servir a los demás. Que reconocer con humildad y transparencia nuestra condición peregrina es una virtud que enaltece. Y que si algo vale la pena en la vida para aferrarse y abandonarse, ese es Jesús nuestra fuente.

Categories:

Tags:

No responses yet

Deja una respuesta

Noticias Vaticannews