Un llamado a poner la ley del amor, como fundamento, motor y meta

El viernes 18 de septiembre, desde la Catedral de Linares, la Iglesia diocesana de San Ambrosio, celebró Misa de Fiestas Patrias y el cántico del Te Deum por un nuevo aniversario de Chile.

Este año el, Te Deum se celebró de manera inédita, sin presencia física de fieles, ni autoridades, la Pandemia del Covid19 nos ha golpeado duramente, pero no ha doblegado el temple, ni ha borrado la gratitud al Señor de un Pueblo fiel, quien más que nunca, en medio de la tribulación y de la adversidad, hace aflorar su esperanza. La celebración fue seguida a través de las redes sociales y Radio Buena Nueva.

La oración fue especialmente ofrecida por los cientos y miles que en la región del Maule y en el País, han sido afectados por esta pandemia, principalmente la oración por quienes ha fallecido, por su descanso y el consuelo para sus familiares y amigos. 

La plegaria se extendió por los que desde su servicio específico han respondido con generosidad para ir ayuda de sus hermanos; personal de salud, profesores, transportistas, personal de aseo público y tantos otros que han estado en la primera línea del amor y de servicios básicos para la vida y protección ciudadana. Un especial recuerdo para los que han estado en los comedores parroquiales y de otras instituciones, para llevar el alimento a los que lo han perdido y para aquellos que de día y de noche han estado junto a los enfermos en hogares o en sus casas.

A continuación, compartimos la Homilía de Mons. Koljatic, quien en su comentario tuvo palabras alusivas a la pandemia y sus consecuencias. Hizo también un claro llamado a poner la ley del amor, como fundamento, motor y meta … debe ser el criterio orientador de toda reforma, de todo proyecto, de toda iniciativa social. 

Homilía Te Deum 2020

Queridos hermanos y hermanas:

Estamos unidos en oración desde la Catedral de Linares para cantar el, Te Deum por un nuevo aniversario de la Declaración de la Independencia y para orar por la Patria amada. 

Como sabemos, nos corresponde celebrar estas fiestas de un modo inédito, sin la presencia física de ustedes y de nuestras autoridades que siempre nos han acompañado, en cumplimiento estricto de las indicaciones de la autoridad sanitaria. 

La pandemia del coronavirus ha trastocado todas las dimensiones de la vida, trayéndonos dolor, angustias y sufrimientos a millones de seres humanos en el mundo y en Chile.  

Por ello nuestro corazón se dirige a Dios, en primer lugar, para orar por nuestros compatriotas que han partido por esta enfermedad. 

Son miles en el país, cientos en el Maule, por quienes ofrecemos nuestra oración y pedimos por sus seres queridos, padres, hijos, esposas y esposos, hermanos y nietos, que han tenido la dolorosa experiencia de no haber podido acompañarles en esos momentos sagrados de la partida de este mundo al encuentro del Padre Dios y no haber podido tener una celebración religiosa en los templos.

 Hoy oramos por su eterno descanso y por el consuelo cristiano de sus seres queridos. 

Por otra parte, esta crisis ha visto florecer lo mejor de nosotros como sociedad, hemos sido testigos de incontables gestos anónimos de heroísmo, de cercanía, de compasión, en definitiva, de amor, de médicos, enfermeras, personal sanitario, quienes, sin temor a dar la vida, han estado acompañando y luchando en la primera línea contra la enfermedad junto al lecho de los enfermos.

Junto a ellos, hay otros muchos que han estado en la primera línea del amor y del servicio, en la producción y transporte de alimentos, en los servicios básicos para la vida, en la protección de la ciudadanía, y tantos otros servicios necesarios para que la vida pueda continuar.

Nuestra oración va también para los maestros que se han adaptado rápidamente a esta emergencia, y han dado lo mejor de sí para que sus alumnos puedan avanzar en sus estudios y recibir los aprendizajes tan necesarios para su presente y futuro. 

No podemos dejar de mencionar a los voluntarios que de tantas formas han sembrado semillas de amor en esta crisis. Especial recuerdo para los que han estado en los comedores parroquiales y de otras instituciones, para llevar el alimento a los que lo han perdido y para aquellos que de día y de noche han velado a los enfermos en hogares o en sus casas. 

Y así tantos más, que silenciosa pero fielmente han luchado y servido a su prójimo, con amor y dedicación.  

Ellos han hecho patria, ellos han seguido la huella de nuestros héroes que en un día como hoy recordamos, de aquellos que dieron todo por la grandeza de la patria.

 Vaya para ellos, toda nuestra admiración, gratitud y oración.

Junto a nuestra acción de Gracias hoy también elevamos una intensa oración por Chile. 

Ya lo escuchábamos en la primera lectura de Timoteo. 

Es necesario y bueno orar por todas las autoridades en estos tiempos tan duros y complejos. La enfermedad ha gatillado una muy profunda crisis económica, que se une a la crisis de las confianzas que ya teníamos, y a la crisis institucional que se desencadenó en octubre del año pasado, sumiendo al país en violencia, incertidumbre y angustias. Son muchos los conflictos sociales no debidamente satisfechos, las de los jubilados que no les alcanza para una vejez digna, la de los niños abandonados sin cariño y protección de una familia o del Estado, la de los pueblos originarios marginados y excluidos de la sociedad, la de los migrantes que anhelan ser integrados para aportar sus dones y valores, entre otros problemas que nos aquejan. 

Hoy necesitamos, más que nunca, autoridades lúcidas, sabias y respetadas. 

Es mucho lo que Chile espera de ellos. Por eso ellos necesitan de esa luz de lo alto para saber conducirnos por caminos de amistad cívica, de diálogo tolerante y respetuoso, de búsqueda del bien común por sobre los intereses personales o partidistas, de manera de encontrar sendas de justicia y paz social. 

Chile ha comenzado a transitar un camino nuevo, el de darse una nueva Constitución, ya sea desde una reforma a la actual o desde la redacción de una Nueva Carta Magna. Esto lo decidirá el pueblo en un mes más. 

La Iglesia, Madre y Maestra, tiene una palabra que ofrecer desde su experiencia milenaria. Chile necesita un Alma, un espíritu nuevo que, de vida a esos huesos secos, en palabras del profeta, que ya no sirven a la comunidad. 

En la lectura del Evangelio escuchábamos las palabras de Jesús, las que se ha llamado la Regla de Oro, es decir, el criterio rector para toda acción verdaderamente humana y por tanto que nos humaniza y nos congrega en la paz y la alegría común. 

Se trata de poner como el fundamento, el motor y la meta de toda ley, proyecto o programa, la ley del amor. El amor es uno solo. Este viene de Dios que es Amor (Jn). 

Si hay en nuestro corazón ese amor a Dios, entonces todo lo que hacemos estará iluminado e inspirado por el amor. Amor a Dios no es separable del amor al prójimo, ya que lo que hicimos al más pequeño se lo hicimos a Él, en el conocido texto del Juicio Final en San Mateo. 

El hombre, su dignidad y su promoción, especialmente la del más pobre y desvalido, debe ser el criterio orientador de toda reforma, de todo proyecto, de toda iniciativa social. 

La protección y la promoción del hombre, desde su concepción hasta su muerte natural, debe estar en el centro de la economía, de la política, y de toda decisión. 

Pedimos a Dios que ilumine a los que tendrán la histórica responsabilidad de liderar estos cambios constitucionales para que logren plasmar un sistema económico viable, que sea moralmente justo y ecológicamente sostenible.

En los próximos meses Chile tendrá 9 votaciones populares de distinta magnitud. Pedimos a Dios por los que serán elegidos, para que reciban ese espíritu de Dios que les infunda coraje, para no evadir las dificultades ni los problemas, unido a la capacidad de dialogo, para vencer a la violencia con la fuerza de la razón, prudencia para elegir el mejor camino posible, sin caer en la tentación de populismos y demagogias, y sobre todo amor a Dios y al prójimo, el alma de todo proyecto social verdaderamente humano.

No está demás agregar que estas virtudes son posibles en un corazón humilde, como el de Jesús, que sabe escuchar, ponderar y actuar no pensando en su interés personal si no en el bien del otro.

Encomendamos a Chile a nuestra Madre, la Virgen del Carmen. 

A ella invocaron los padres de la Patria en momentos de tanta oscuridad como los actuales. 

Hoy también lo hacemos para que nos haga reconocernos hijos de un mismo Padre celestial, hermanos de igual dignidad, herederos de una historia bendecida y de una tierra, copia feliz del Edén, a la que debemos cuidar y cultivar para que sea una mesa para todos, en paz y prosperidad

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