Estamos viviendo, como país, uno de los procesos sociales y políticos más complejos de los últimos tiempos. Como cristianos, no debemos asustarnos con esa complejidad, ni tampoco con las manifestaciones que hemos podido presenciar de distintos sectores políticos, algunas de ellas del todo repudiables. El plebiscito ha marcado un hito en este caminar, pero como ya es sabido, no es el cierre del proceso de una nueva Constitución definitiva. Los desafíos complejos requieren tiempo de maduración y participación de todas las diversidades de pensamiento presentes en nuestra tierra.

El camino que nos corresponde realizar hoy, y como regalo en el aniversario de nuestra patria, es buscar la unidad. Las últimas campañas han sido muy duras, en momentos irrespetuosas de quienes piensan distinto, en otros acudiendo a todo tipo de artimaña para ganar electores y eso ha dañado la convivencia nacional, e incluso de las mismas familias y amigos. La búsqueda de la unidad nos debe animar a todas las personas y a asumir que ser un país unido, no es buscar la uniformidad, sino unidad en la diversidad.

Para los cristianos, la unidad, tiene su modelo en la Trinidad, que es siempre unidad en la diversidad y no en la uniformidad. Sabemos que nuestras relaciones están fracturadas, nos hemos dividido, asumiendo que quien piensa distinto es un enemigo. Tal vez sea hora de dejar de hablar de Gobiernos y oposición, de partidarios y opositores. Quien piensa distinto es distinto, pero nos acostumbramos tristemente a catalogarlo como contrario u opositor. Un país que quiere crecer necesita vivir una unidad en la diversidad, pero una diversidad reconciliada y no confrontada. No podemos seguir pensando que quien piensa distinto es mi contrincante al cual debo vencer, sino una persona, que ama tanto a Chile como yo, pero mira desde otro punto de vista, totalmente válido. El progreso verdadero de Chile depende del esfuerzo de cada uno para construir patria, sin adueñarnos de la verdad, sino de mirarnos como colaboradores de la verdad. Los discursos llenos de soberbia que se creen que son los únicos correctos se acercan más a fundamentalismos enfermizos que a servicio al bien común.

El Papa Francisco nos recordaba: «mientras vemos que todo tipo de intolerancias fundamentalistas daña las relaciones entre personas, grupos y pueblos, vivamos y enseñemos nosotros el valor del respeto, el amor capaz de asumir toda diferencia, la prioridad de la dignidad de todo ser humano sobre cualesquiera fuesen sus ideas, sentimientos, prácticas y aun sus pecados» (FT 191). Hoy es tiempo, no de vencedores y vencidos, no de opositores, sino de personas que buscan lo mejor para la patria, en especial de los más pobres y desamparados, que siguen siendo los predilectos del Señor.

Pbro. Ronal Patricio Flores Soto C.Ss.R.

 

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