admin/ octubre 29, 2019/ 2019

Queridos hermanos: Chile ya no es el mismo después del 18 de octubre de este año.  Esta afirmación es evidente,  pero no es fácil definir qué forma tendrá ese nuevo Chile y cuál sea el camino que podemos o deseamos  recorrer. Les comparto una reflexión según nuestro tradicional ver, juzgar y actuar como un aporte a su reflexión personal y comunitaria.

  1. Ver. ¿Qué pasó?

Los acontecimientos de estas últimas semanas han ido a una velocidad digital, casi instantánea, vividos en directo desde nuestros hogares a través de los medios y de las redes. 

En estos días hemos tenido de todo lo imaginable. 

El alza del precio del metro gatilló durante la tarde del viernes 18 de octubre la evasión del pago del pasaje por los jóvenes y  al caer la noche la destrucción despiadada del metro, a lo que se sumó incendios, vandalismo, saqueos, por doquier.

Al día siguiente decretado el Estado de Emergencia, militares en la calle, manifestaciones en muchos lugares del país, y toque de queda  que duró casi una semana. En esos duros días, murieron al menos 18 chilenos, 5 de los cuales por acción de agentes del Estado, cientos fueron heridos, maltratados, o  torturados, varios miles fueron detenidos, y una multiplicidad de refriegas, protestas, temores y angustias azoló nuestras calles y plazas. 

De ahí la visita de una Comisión de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas,  que ayudarán a encauzar las denuncias y los procesos de los abusos cometidos durante esos días de protestas y violencia callejera. 

Por cierto se han desarrollado muchas sesiones en el Congreso Nacional, declaraciones de los políticos, alcaldes,  académicos y de personas de la calle, semanas en vivo desde las calles, foros sin parar, conversaciones en cada familia, grupo o asociación. 

El malestar de la gente se ha hecho notar a través de protestas y cacerolazos, en todos los sectores sociales. 

Lo que ha sido sorprendente y esperanzador han sido las enormes multitudes que han marchado pacíficamente por la principales calles de país. En Santiago se habla de 1 millón doscientas mil personas y en Linares muchos miles en su plaza. Estas fueron pacíficas y transversales en cuanto a la convocatoria, familiares, desde jóvenes hasta ancianos,  y diversos los motivos por los cuales se marchaba.  

  1. Juzgar. ¿Qué nos pasó?

Muchos han señalado la sorpresa de que cómo los líderes sociales no vieron  ni oyeron ( o no quisimos ver ni oír) las abundantes señales que indicaban que la explosión social era inminente y justificada. Humildemente debo decir que la Iglesia permanentemente alzó la voz para denunciar estos males, pero no fue escuchada. Para ello basta revisar decenas de Declaraciones y Documentos emitidos por la Iglesia Chilena en los últimos años. 

Junto a la sorpresa de la magnitud de la crisis, los más diversos diagnósticos han surgido desde  los actores sociales, ya sean políticos o académicos, desde la sociología y la sicología, desde los gremios y la economía, desde la historia y la antropología, entre otras disciplinas. 

Durante estas semanas se ha escrito y hablado en todo tipo de foros y programas  de la creciente corrupción, de los abusos antiguos y nuevos en todas las instituciones, de las   desigualdades inaceptables existentes en la sociedad, de las pensiones y sueldos miserables. Solo un dato: ¡la mitad de los chilenos y chilenas que trabajan ganan menos de $ 400 mil pesos al mes!

Pero esto lo sabíamos, pero no supimos reaccionar a tiempo. En este punto, dos breves reflexiones.

La primera es constatar que nadie cuida lo que no es propio. Si no siento que pertenezco a una comunidad, si me siento ajeno a ella, o incluso me siento excluido de ella, no la valoro, no la defiendo, no me importa que se destruya. Tenerla o no tenerla no cambia mi vida. Y tal vez por eso la destruyo. Esto apunta a la legitimidad de nuestra sociedad. 

Lo segundo, viendo las marchas de las últimas semanas, me atrevo a decir  lo que dijo Jesús: “andan como ovejas sin Pastor”. 

Hasta el momento de escribir estas líneas, no hemos visto surgir nuevos  dirigentes que convoquen, que lideren un proceso, que guían a la multitud para sacarlas del anonimato, e ir más allá de las consignas fáciles para proponer soluciones posibles y pertinentes.

Debemos pedir mucho al Señor que suscite estos líderes que este tiempo necesita, de manera que la crisis sea de verdad una oportunidad para alcanzar una sociedad más justa, más solidaria, más respetuosa del medio ambiente, más tolerante y dialogante, que dé respuesta a las mejores  demandas de los sectores movilizados. 

3.- Actuar. ¿Qué haría Cristo en mi lugar?

Desde el mundo político se habla de diversos y urgentes  y profundos cambios para transformar el sistema económico, político, jurídico  y social que nos rige. Es el fin de un modelo y el comienzo de otro, con rostro más humano. 

Sobre ello estamos informados todos los días en los medios y su avance dependerá de la fortaleza de sus instituciones democráticas y de la voluntad política para llegar a los acuerdos que el país exige. En caso de no avanzar por este camino del encuentro, del diálogo y de la amistad cívica, el futuro es totalmente incierto, entregados a la ley del más fuerte y de la violencia incontrolable. Debemos dejar que las Instituciones funciones, aunque sean imperfectas y lentas, entendiendo que la democracia “es el menos malo de los sistemas sociales inventados por el hombre”. 

Nuestro punto de partida es que somos creyentes,  que creemos en un Dios que entró en esta historia concreta nuestra. No creemos en una utopía ni en una ideología. Creemos en el Dios hecho hombre, que asumió nuestra condición humana “al nacer de mujer”“para ser la luz del mundo, el camino, la verdad y la vida”. No estamos solos. ÉL camina con nosotros y nos anima a conducir la historia por nuevas sendas de paz y justicia. 

Hoy, más que nunca, los cristianos debemos buscar su Voluntad para nosotros. Es el ¿Qué haría Cristo en mi lugar? que nos dejó San Alberto, esa voluntad que puede dolernos al tener que cambiar de actitud, de prejuicios o de comodidades de vida.  

Mucho se ha repetido que  estos son tiempos de escucharnos unos a otros, de dialogar ya que nadie tiene toda la verdad, de ponerse en los pies del otro, de su dolor, de su necesidad. ¿Estoy dispuesto a esto?

Es el discernimiento que nos urge el Papa Francisco a realizar y que fue el tema del Sínodo de octubre pasado en Linares. ¿Qué debemos hacer en el Chile de hoy, en esta crisis?

Algunos criterios de discernimiento.

El primero es el rechazo sin ambigüedades de la violencia, la descalificación y el odio. La violencia solo engendra violencia. Con ella sufren especialmente los más pobres, los más vulnerables. Como dijo el Papa en Temuco, la violencia hace mentirosa toda causa. Es necesario recordar que “el fin no justifica los medios”. No se puede llegar a un bien a través de un mal. 

Luego, hay principios éticos y morales que deben regir la vida social. 

Ellos están ampliamente desarrollados por el Magisterio Social de la Iglesia

El respeto a la verdad y a la libertad, la búsqueda de la justicia que engendra la  paz, la solidaridad y la opción por los más pobres, el diálogo yfinalmente, la centralidad de la persona humana por sobre toda consideración. 

En una palabra, queremos avanzar con todos los ciudadanos en construir una Patria  que sea “una mesa para todos”, en que el hombre y la mujer sean el centro de la sociedad y sus leyes, no el lucro, el desarrollo, la ideología o el poder. 

En tercer lugar, es necesario que todos hagamos un examen de conciencia.  

Tal vez hemos indicado con el dedo a otros que serían responsables de esta profunda convulsión. Pero ¿me he mirado a mí mismo? En las causas más remotas también yo he tenido una parte. 

Me puedo preguntar: ¿Cómo he sido como padre de familia, como hijo, hermano, esposo, como trabajador, como vecino, en relación a los pobres?? ¿He participado en las organizaciones sociales o me he dejado llevar por la comodidad o individualismo? ¿Me intereso por lo que ocurre a mi alrededor? ¿Lucho contra las injusticias? ¿Soy consumista?¿Soy coherente con mis principios cristianos en mi vida diaria? ¿Voy a votar? Al exigir mis derechos, ¿estoy dispuesto a cumplir con igual pasión con  mis deberes sociales?¿Cómo he tratado a la naturaleza?

Dice el refrán: nada cambia tanto el mundo como cuando yo cambio. Por eso Jesús no enseñó que estamos a ser levadura en la masa, para transformar nuestro mundo con  el testimonio, la reflexión y la acción. 

Finalmente…

La necesidad de la oración ininterrumpida.

Es estos domingos hemos escuchado la enseñanza de Jesús acerca de la oración. Ella debe ser  humilde, confiada, perseverante. 

Somos testigos de que han surgido muchas cadenas de oración por Chile. Les invito a redoblar nuestra oración personal, familiar y en comunidad por la solución pacífica de esta crisis.

En noviembre celebramos con gozo el Mes de María en todas nuestras comunidades. Además, la visita de la imagen de N Señora de Fátima a la diócesis desde el lunes 18 al lunes 25 de este mes,  será un providencial momento para orar por Chile, para que todos los chilenos y chilenas tengamos “pan, respeto y alegría” y esta crisis permita que “algo nuevo brote” en nuestra querida Patria. 

A Jesús por María, 

+Tomislav Koljatic Maroevic

Obispo de Linares

Linares, 29 octubre 2019


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