admin/ diciembre 9, 2014/ 2014, Reconocimientos/ 0 comentarios

En el día de San Ambrosio, Patrono de la Diócesis, regresaron a la ciudad los restos mortales de Monseñor Augusto Salinas Fuenzalida, 4º Obispo de Linares. Falleció el 1º de agosto de 1991, y permaneció sepultado en la cripta del Templo de su Congregación de los Sagrados Corazones de Valparaíso.
Monseñor Koljatic, señaló: “Era un anhelo muy sentido por la comunidad, el tenerlo aquí. Él, que durante más de 17 años pastoreo estas tierras maulinas. Él, que se entregó como el Buen Pastor por sus ovejas y hoy domingo 7 de diciembre, Fiesta de nuestro patrono San Ambrosio, Doctor de la Iglesia, tenemos la alegría de su retorno. Hoy, después de esta hermosa y emotiva Eucaristía, y del responso junto a la comunidad, sus restos serán depositados en la Cripta de nuestra Catedral, donde descansará definitivamente junto a Mons. Miguel León Prado, Mons. Roberto Moreira y Mons. Carlos Camus. Aquí podrán ser visitados por los fieles que tantos recuerdos guardan de sus pastores.” Breve biografía Don Augusto Salinas Fuenzalida Nació en Santiago el 11 de septiembre de 1899 y se le puso el nombre de Osvaldo Nicolás. Hijo de Don Manuel Salinas González y Doña María Teresa Fuenzalida Guzmán. Hizo sus estudios en el Colegio de los Padres Franceses de la Alameda Bernardo O’Higgins de la Capital. En 1918 ingresó a la Escuela de Leyes de la Universidad de Chile, trasladándose al año siguiente a la Universidad Católica donde terminó exitosamente su carrera de Abogado el 1º de septiembre de 1923. Por esos años en su vida emergen como compañeros de juventud, Alberto Hurtado Cruchaga y Manuel Larraín Errázuriz, quienes también llegarían a ser en el futuro pastores de la Iglesia Católica. A mediados de 1919 se alistó en el Curso de Suboficiales del Regimiento de Infantería “Yungay”, traído a Santiago desde San Felipe por orden del Ministro de Guerra don Ladislao Errázuriz. Este movimiento de tropas fue necesario para reemplazar al “Buin”, que junto con otros regimientos había sido enviado al norte del país por el Presidente Juan Luis Sanfuentes [1915-1920] en un confuso incidente que en la jerga militar pasó a llamarse “la guerra de don Ladislao”. De esa época conservaba inolvidables recuerdos, así como de los varios compañeros que tuvo en la Segunda Escuadra de la Décima Compañía del ya mencionado Regimiento. Pero lo que más iluminó su vida de estudiante fue la labor de promoción social obrera que desarrolló en diversos Patronatos de Santiago, donde conoció de cerca los graves problemas que afectaban al proletariado y el gran abandono en que se encontraban los pobres desde el punto de vista espiritual. Por la crisis del salitre miles de familias se habían desplazado desde el norte del País hacia la zona central y principalmente habían engrosado los suburbios y tugurios diseminados en la capital. Como joven aristócrata y gozando del simpático apodo de “el rucio Salinas”, se distinguió por su cordialidad, buen humor y elegancia en el vestir, que lo hicieron figurar en los círculos sociales más exclusivos, haciendo de él un invitado imprescindible a todas las fiestas de la élite de su época. Teniéndolo todo, esto es, una buena posición social, un estupendo porvenir y una profesión universitaria brillante, ya que acababa de terminar leyes, dejó todo eso para abrazar la austera senda religiosa y el ministerio sacerdotal. Su Vocación Después de hacer un detenido discernimiento, y resuelto a seguir la vida religiosa apartado del ruido del mundo, y de la controversia, sólo dedicado a servir a Dios, al mes siguiente de obtenido su título de abogado, cuando tenía 24 años, en octubre de 1923 encaminó sus pasos hasta el Valle del Marga Marga donde estaba el Noviciado de los Padres de los Sagrados Corazones en Los Perales. Prefirió recibir allí la formación filosófica y teológica requerida para ser sacerdote, rehusando hacerlo en Roma, como le había sido ofrecido. En la intimidad relataba así su llamado a servir al Señor: “Yo comulgaba todos los días. Un día después de hacerlo y mientras reflexionaba tuve este pensamiento: ¿Cómo le he retribuido yo a Dios todos los bienes que he recibido? Y encontré que la única respuesta era entregarme a él por completo. Esa fue mi vocación”. Su amistad con antiguos profesores del colegio donde había transcurrido su adolescencia, lo llevó a optar por los Padres franceses de los Sagrados Corazones. Siempre admiró a los PP. Mateo Crawley, Carlos Monge y Damián Symon, a quienes consideraba excepcionales, lo mismo que al P. Damián de Veuster, el Santo Apóstol de Molokai. La Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, conocidos también como los “picpusianos”, porque tuvieron su primera casa en Paris en la calle Picpus, habían sido fundados en Francia, a fines del siglo XVIII en plena etapa del Terror revolucionario por el P. Pierre Coudrin y la Madre Henriette Aymer de la Chevalerie, con el objetivo de hacer reparación a Nuestro Señor Jesucristo imitando su vida y adorando al Santísimo, fuente del impulso misionero de todo discípulo de Cristo. Antes de ingresar a esta Congregación Religiosa le habían precedido en el seguimiento del Señor sus amigos Manuel Larraín, quien fue al Seminario de Santiago, y Alberto Hurtado al que él en el mes anterior había dejado a las puertas del Noviciado de la Compañía de Jesús en Chillán. El día de su profesión como religioso renunció a su nombre civil y pidió ser identificado por el de Augusto, en recuerdo del P. Augusto Jammet, ilustre educador de la Congregación de los Sagrados Corazones que también marcó su vida consagrada. Fue ordenado sacerdote en Valparaíso por su ya venerable tío el Obispo de Concepción Mons. Gilberto Fuenzalida Guzmán el 16 de diciembre de 1928, y destinado poco después para servir el cargo de profesor de Economía Política y Literatura en el Colegio de los Padres Franceses del Puerto. Fruto de aquellos primeros años de docente es su libro “Elementos de Economía Política y Social”, en cuyas páginas el joven profesor Augusto Salinas exponía a los alumnos la Doctrina Social Católica magistralmente enunciada por los Padres de la Iglesia y los Papas desde León XIII en adelante. Conocimientos que también tuvo ocasión de ofrecer en 1939 al Curso de Leyes que ofrecía la Congregación de los Sagrados Corazones de Valparaíso, que por su prestigio resultó ser una de las bases de la Universidad Católica Porteña. Fue esa Academia de Leyes la antecesora de lo que poco después sería la Facultad de Derecho de esa Universidad. Obispo de Temuco Desempeñaba esta tarea de profesor y acababa de ser nombrado Superior de la co-munidad de los Padres franceses de Valparaíso y Rector del Colegio que ellos tienen en el Puerto, cuando una noche llegó a visitarlo el Rector de la Universidad Católica de Santiago Mons. Carlos Casanueva, quien a nombre del Nuncio de Su Santidad don Aldo Laghi había ido a comunicarle que el Papa Pío XII lo preconizaría Obispo de Temuco el 29 de agosto de 1939 para suceder en esa Sede a Mons. Alfredo Silva Santiago, quien había sido trasladado a Concepción para reemplazar a su tío don Gilberto Fuenzalida Guzmán, que había fallecido el 24 de marzo de 1938. El 26 de noviembre de ese mismo año fue Consagrado Obispo en el templo de los Sagrados Corazones de Valparaíso por el Nuncio Apostólico Mons. Aldo Laghi. Estuvo en Temuco un año y medio hasta que el Santo Padre Pío XII lo designó Obispo Auxiliar de Santiago, trasladándolo a la Sede titular de Nisiro el 9 de febrero de 1941. En 1949 hace la Visita Ad Limina en representación del Cardenal Caro. Desde Santiago el 3 de agosto de 1950 el mismo Papa lo envió a la Diócesis de San Carlos de Ancud, donde en 1954 celebró sus Bodas de Platas sacerdotales y el IV Sínodo de Ancud. Al fallecer el Obispo Moreira el Papa Pío XII lo trasladó a nuestra Diócesis el 15 de junio de 1958. Hizo su ingreso en Linares el 29 de agosto siguiente. Seminario Diocesano Preocupado por la escasez de Clero fundó el Instituto Seminario San Ambrosio de Linares el 7 de diciembre de 1959. Para ello se valió de la generosa donación de unas casas ubicadas en la esquina de la entonces calle Bellavista, hoy Mario Dueñas con Yumbel 690. Restauración del Diaconado Permanente Mons. Salinas fue quien ordenó en el templo de la Parroquia San José de Parral el 25 de febrero de 1973 a los primeros 6 Diáconos Permanentes que tuvo la Diócesis, de los cuales después don Ramón Iturra Muñoz, fue ordenado sacerdote por el Obispo don Carlos Camus en atención a su abnegado trabajo en Copihue y las capillas de alrededor. Don Augusto Salinas participó con entusiasmo en las 4 sesiones del Concilio Ecuménico Vaticano II inaugurado en 1962 por el Santo Papa Juan XXIII y llevado adelante por el Bienaventurado Papa Pablo VI. Porque retrata muy bien sus intenciones pastorales transcribimos una Alocución dirigida por él desde el Vaticano cuando participaba en el Concilio: “Muy amados diocesanos: Con íntima emoción os dirijo estas palabras, por intermedio de las ondas de Radio Vaticana, desde la Ciudad Eterna, que os lleven a través del espacio, los sentimientos de mi mayor afecto y el recuerdo permanente de vosotros, que llevo en mi alma. Sé que, por vuestra parte, en unión con vuestros respectivos Párrocos, estáis unidos al Concilio Ecuménico, con vuestras plegarias y con vuestro sincero y ferviente interés por sus deliberaciones y sus resultados. Puedo deciros que en nuestras sesiones sentimos la asistencia manifiesta del Espíritu Santo, que nos ilumina con sus luces, nos une en fraterna caridad y nos fortalece para afrontar los graves problemas que afectan al mundo contemporáneo. Al tratar, ahora, el esquema sobre la Iglesia, ha sido hermoso contemplar en todos los miembros del Concilio, sin excepción alguna, la más completa adhesión a la persona venerada del Sumo Pontífice, en quien todos reconocemos al Sucesor de Pedro, sobre el cual Jesucristo fundó su Iglesia. Es también una característica de estas sesiones, el anhelo unánime de todos los Padres Conciliares, de que los laicos tengan en la Iglesia el papel que les corresponde en cuanto bautizados, es decir consagrados, perteneciente, por lo mismo a un sacerdocio, que deben ejercer para bien suyo y de toda la comunidad. En fin, puedo señalaros, además, en estas breves palabras, que otra manifestación de la obra del Espíritu Santo en el Concilio es el intenso deseo que los hermanos separados se acerquen a la Madre común, que es la Iglesia, para lo cual todos nos esforzamos en apartar todo obstáculo y allanarles el camino. Si el sólo llamado de S.S. Juan XXIII, a reunirnos en esta Asamblea que congrega a los Obispos de todo el mundo, nos hizo concebir las más halagüeñas esperanzas de éxito, ahora que estamos palpando un ambiente, que no es humano, sino fruto de la divina gracia, no tenemos duda ninguna de que sus resultados contribuirán poderosa y eficazmente al mandamiento de un nuevo mundo, en el que reinen la justicia, el amor y la paz”. Falleció en Valparaíso el 1º de agosto de 1991 donde permaneció sepultado en la cripta del Templo de su Congregación de los Sagrados Corazones, porque esa fue su última voluntad, hasta que sus restos mortales fueron trasladados a Linares el 7 de diciembre de 2014 para que aguarde la resurrección gloriosa en la Cripta de la Catedral de la Diócesis. Cuando fue su funeral en 1991 Mons. Carlos Camus estaba en Viña del Mar. Como se quedó para acompañarlo, y por otra parte el Vicario General del Obispado Mons. Humberto Meza estaba gravemente enfermo, tuvo que presidir el solemne funeral efectuado en la Iglesia Catedral de Linares en homenaje a Mons. Augusto Salinas el Vicario de Pastoral P. Silvio Jara. Un pequeño grupo habitacional lleva su nombre en Linares, y en Santiago hay un Colegio “Mons. Augusto Salinas” en la Avda. Vicuña Mackenna. La herencia de su vida Nadie, podrá negar que quiso mucho a Linares. Mons. Salinas fue un enamorado de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. “Para que te amen” fue el Lema de todo su trabajo episcopal. Amó a la Iglesia y la defendió con vehemencia toda vez que advirtió un ataque o una deslealtad. Y se empeñó con todas sus fuerzas para que del costado abierto del corazón de Cristo manara abundante el caudal de la Salvación. Predicador fogoso, escritor incansable, agudo polemista, estudioso y constante, luchó con todas sus energías al servicio del Reino de Dios. Seguramente ahora estará intercediendo ante el Padre Celestial por nosotros, que fuimos su Iglesia, a la que tanto amó. Correspondámosle guardando su memoria con respeto y rezando por él.
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