admin/ septiembre 23, 2014/ 2014/ 0 comentarios

Muy queridos hermanos:

Nos reunimos en  este día de fiesta nacional para orar en común, para juntos elevar la mente,  la mirada y el corazón al Padre Dios, y dar Gracias por todas las bendiciones que con tanta generosidad   regala a nuestra amada  Patria.

Esta oración en común que tiene su origen en la petición que el General don José Miguel Carrera hiciera al obispo de Santiago en los albores de la independencia nacional,  hace ya 204 años, Te Deum  que jamás se ha interrumpido, ni siquiera en los momentos más difíciles y dolorosos de nuestra historia republicana, formando parte  de una de nuestras tradiciones más queridas, venerables y representativas de nuestra identidad nacional.

Hoy  tenemos la dicha de contar entre nosotros  por primera vez a  pastores y fieles de distintas Iglesias Evangélicas y Protestantes que sirven a nuestro pueblo en la provincia de Linares.

Gracias queridos hermanos y hermanas por querer estar aquí hoy día,  para que así hagamos realidad lo que los primeros creyentes hacían, movidos por el Espíritu Santo y en compañía de María, con un solo corazón y un solo espíritu elevaban cánticos de Acción de Gracias al Señor todopoderoso, al Dios creador de cielos y tierras, al  Dios de la historia.

Si la oración de un hijo siempre es escuchada por el Padre Dios, con mucha mayor  razón es escuchada cuando se realiza en la unidad y comunión de los que creemos en Jesucristo, movidos por el común amor a la Patria y a sus destinos, a la cual  queremos y anhelamos servir desde el Evangelio del Señor.

Gracias por su presencia queridos hermanos y hermanas. Están en su casa, la casa del Señor y anhelamos  que este testimonio de unidad en lo esencial contribuya a la auténtica alabanza del Padre Dios y a la paz en esta tierra bendita.

En la proclamación de la Palabra de Dios hemos escuchado el texto de las bienaventuranzas de Jesús, cumbre de toda la enseñanza del Maestro. Si tuviésemos que elegir un texto que resumiera el núcleo de la nueva Ley que nos enseñó Jesús,  sin duda tendríamos que elegir este texto con el que se abre el Sermón de la montaña.

Y esto porque en este texto el Señor nos habla de lo más importante  en la vida de todo ser humano que es conocer el camino para alcanzar la verdadera felicidad, ese camino que  Jesús  recorrió,  el primero de todos, desde Belén hasta Nazareth, desde  Galilea hasta la cruz del Calvario en Jerusalén, el camino de las bienaventuranzas.

Todos anhelamos  alcanzar la plenitud de la vida, una  vida que sea buena, grata, hermosa, digna de ser vivida, que sea fuente de paz y dicha para los demás que nos rodean, una vida en libertad y en responsabilidad, en progreso y en justicia, en medio de las alegrías y las penas que son parte del caminar por esta tierra.

Sin embargo en estos últimos días hemos sido remecidos aquí en nuestra querida ciudad por terribles  episodios de violencia.

La muerte de un alumno al interior de su Liceo por manos de un compañero de clases, la muerte de dos distinguidos profesores en su propia casa asesinados alevosamente en la oscuridad de la noche, el suicidio  de un adolescente en viernes pasado, entre otros episodios, nos llevan a preguntarnos ¿estamos construyendo un país que entrega felicidad a sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo un país en que la vida en cualquier etapa de su desarrollo se defiende y se protege como el más grande tesoro que Dios ha puesto a nuestro cuidado y responsabilidad? Estamos promoviendo una vida sana para nuestros jóvenes, rodeados del cariño y protección de sus padres y familiares, alejada de vicios y violencias?¿Estamos promoviendo una educación de calidad para todos que asegure la posibilidad de que cada cual desarrolle los talentos que Dios le ha regalado y de este modo pueda contribuir al bien común de la sociedad, con un trabajo digno, seguro y bien remunerado, aquí  en nuestro Linares que se le ha llamado la capital del salario mínimo?

Esta oración de Acción de Gracias, tan justa como necesaria, nos permite también  revisar nuestro caminar, nuestras prioridades, nuestros criterios de acción, nuestras opciones de vida.

Las que llevamos como personas, como familias, como sociedad, están en sintonía con las bienaventuranzas o más bien se alejan de ellas?

El sermón del monte es una verdadera hoja de ruta y camino de paz verdadera para toda la humanidad. ES un camino en que actúan los dos principales actores de la historia. Dios y el hombre.

Les invito a repasar brevemente estas enseñanzas de Jesús.

“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3). En un mundo marcado por el consumismo individualista y egoísta,  que nos ahoga y nos aparta de la fe en Dios y de  los demás, Jesús nos dice que la auténtica  felicidad se funda  en una  pobreza que no es miseria pero si es  la pobreza que sabe vivir con lo necesario, que sabe gozar y agradecer lo que tenemos,  que sabe liberarse de la esclavitud del poseer,  de una vida que no  depende de las cosas para ser felices. Esta pobreza y sencillez de vida, que podríamos llamar austeridad, que nos abre los ojos para ver la riqueza que nos rodea en la naturaleza, en el amor de la familia, en lo que recibo día a día de los demás.

No se trata solo de esta pobreza material. Se trata también de  esa pobreza de espíritu que nos hace más humildes  para  descubrir el tesoro que es cada persona que está junto a mí, más allá de sus creencias, su condición social o su posición en la vida,  humildad  que nos abre al otro para reconocerlo como un don, como un regalo de Dios para mí, el cual me enriquece con su presencia.

Ese don del hermano, especialmente del pobre, del desvalido, del enfermo, del discriminado, del inmigrante, del enfermo terminal, del niño no deseado, en una palabra de aquel que no es amado,  del cual yo soy responsable ante Dios.

Esa pobreza y esa humildad son el camino natural para un diálogo fecundo y constructivo al servicio del país, para llegar a ser de verdad una nación de hermanos, en que todos tenemos un lugar en la mesa de la vida y de la felicidad.

La vida nos ha enseñado que no basta, ni jamás bastará, la mera justicia para solucionar el problema de los más pobres, las desigualdades sociales o el descontento que embarga a muchos hoy en día en nuestro querido Chile.

Por eso el Señor nos dice: “Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos” (Mt 5, 7).

En efecto, sin misericordia la justicia se transforma en ajusticiamiento, no humaniza ni salva al caído, no llena de felicidad el corazón humano ni lo encamina a una auténtica fraternidad y perpetua los círculos de exclusión y de violencia.

Muy unida a esta bienaventuranza esta está otra:

Bienaventurados los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 10). La violencia nunca será el camino para solucionar nuestras diferencias. Toda forma de agresión, verbal, de acción o de omisión,  por muy legítima que aparezca, jamás será justificable entre hermanos. Por ello, el Señor, una y otra vez en las Escrituras, nos mueve a ser instrumentos de paz, generando las condiciones y posibilidades para que toda forma de violencia sea eliminada de nuestra vida nacional.

La más radical violencia es el aborto, el interrumpir voluntariamente la vida del que está por nacer.

Los creyentes jamás podremos soslayar que la promoción y defensa de la vida, desde su concepción hasta su muerte natural, no es por un afán meramente religioso, ideológico o de otro orden, sino que es un clamor de humanidad que brota de la misma naturaleza. Como enseña el mismo Papa Francisco, “la ‘cultura del descarte’, que hoy esclaviza los corazones y las mentes de muchos, tiene un costo muy alto: requiere que se eliminen seres humanos, sobre todo si son físicamente y socialmente más débiles. Nuestra respuesta a esta mentalidad es un ‘sí’ decidido y sin vacilaciones a la vida. El primer derecho de la persona humana es su vida» (Papa Francisco a los ginecólogos católicos, 23 de septiembre de 2013). Como antaño defendimos la vida de los que eran perseguidos y violentados en sus derechos más elementales, hoy las Iglesias levantan su voz, en defensa de  los derechos humanos de los que no tienen voz, y  ya tienen vida desde el momento de la concepción. Para los cristianos no hay dos lecturas en esta materia: el derecho humano a la vida es un bien absoluto y, aunque seamos incomprendidos y criticados a causa de buscar la justicia, seremos voz de los sin voz para que sus derechos sean respetados. No trepidaremos en anunciar a tiempo y a destiempo el valor de la vida; es nuestro deber, nuestra convicción y parte fundamental  de nuestra misión.

Muy unido a la defensa de la vida se encuentra la promoción de la familia, sustentada en el matrimonio, que es un bien social que  debemos proteger. Así como vemos con profunda alegría la valoración positiva que los chilenos tienen de la familia, constatamos paradójicamente que la institución del matrimonio y de la familia aparece cuestionada, deteriorada, maltratada en la práctica. La sostenida baja de natalidad y  la inmensa cantidad de niños nacidos fuera del matrimonio es una voz de alerta grave. Queremos proclamar como camino de bienaventuranza que el matrimonio  entre un hombre y una mujer que por amor engendran  y cuidan   la vida  es un designio de Dios, y que es un bien social que hemos de cuidar.

Sin titubear nos atrevemos a afirmar que en el bien de las familias está el bien futuro de Chile.

Queridos hermanos, la auténtica felicidad nace de la escucha fiel y dócil a este Dios misericordioso de las bienaventuranzas,  nace de  descubrirse  amado por Dios y llamado a amar y servir al prójimo, de descubrir que cada uno de nosotros es un actor principal en la  construcción  de un mundo mejor, más fraterno, más justo, más humano, más pleno y feliz para todos.

Las bienaventuranzas tienen el enorme consuelo de anunciarnos que Dios triunfará y con Él los hombres y mujeres que en este mundo han sido pobres de espíritu, humildes, mansos, puros, misericordiosos, fuertes para defender la vida y la justicia, incomprendidos por hacer el bien. A ellos les espera la felicidad definitiva del cielo.

Le pedimos a  la Virgen del Carmen custodie el alma de Chile y nos guíe a ser una tierra donde sus habitantes hagan de las bienaventuranzas, la norma de la vida para construir la Patria hermosa y noble que anhelamos.  Amén.

Compartir esta entrada

Dejar un Comentar