admin/ octubre 24, 2019/ 2019, Mensaje

En nuestro país hemos estado viviendo jornadas de incertidumbre, puesto que el descontento social que se había estado incubando durante décadas está expresándose en las calles tanto en sus formas legítimas de manifestación: marchas estudiantiles y ciudadanas, paros, cacerolazos, asambleas urbanas de reflexión, como también en formas que no pueden sino ser repudiadas, como han sido algunos saqueos de supermercados y otros centros comerciales, destrucción de espacios públicos, sobrerreacción de la fuerza policial y militar en la represión, especialmente jóvenes, heridos, denuncias de abusos y vejámenes en los procesos de control y detención, e incluso, hasta ahora, 15 personas muertas en medio de las protestas.

Desde tiempos del Régimen Militar, no habíamos tenido presencia de soldados en las calles para reprimir la crisis, aunque razones y jornadas de protesta ha habido durante los casi treinta años desde el retorno de la democracia al país. La impresión que deja el estallido social de los últimos cinco días, es que la gente, especialmente entre los sectores medios de la población, se cansó de esperar por el cumplimiento de tantos anhelos de promoción postergados, de ver que la vida se va escapando, mientas que ni la alegría prometida, ni los tiempos mejores han llegado; y lo que comenzó con una protesta de estudiantes, que evadían en masa el pago de los tickets, por la subida de las tarifas del Metro en Santiago, comenzó a escalar y a sumar demandas y personas, hasta el punto que el Gobierno declaró Estado de Emergencia en la Capital y en algunas otras ciudades. Esta situación ha sido especialmente notable en las grandes ciudades del país: Santiago, Concepción, Valparaíso, entre otras, pero también la hemos vivido en las ciudades más pequeñas: en Linares durante el lunes, martes y miércoles, el comercio ha permanecido parcialmente cerrado, especialmente en las tardes, muchas escuelas están sin clases, ha habido marchas todas las tardes, y algunos días, incidentes violentos durante la noche. Las personas están desconcertadas: los que fuimos testigos de la Dictadura, recordamos inquietos aquellos días, los que no la conocieron y están viviendo la represión de parte del Estado hoy, manifiestan diversas reacciones que van desde la temeridad a la perplejidad, y nadie sabe muy bien cuánto puede durar esta situación. El gobierno y la clase política han ido perdiendo progresivamente credibilidad, -situación compartida también por otras instituciones: lo hemos vivido con dolor en la Iglesia durante esta última década- las reformas que se han anunciado son insuficientes, parecen fuera de tiempo: por qué ahora, en el apremio de que todo pueda salirse de control, si el clamor se ha estado escuchando durante años, los anuncios parecen más a propósito de disfrazar o encubrir la crisis, que a trabajar para que cambien las raíces estructurales de la escandalosa inequidad que se ha vivido en el país durante tanto tiempo y que finalmente han conseguido que brote esta indignación ciudadana que parece muy difícil de contener. Como Iglesia tenemos algo que decir a nuestras comunidades y a la ciudadanía entera, y no desde nosotros mismos, no desde nuestras prácticas, que muchas veces se han plegado o bien reproducido los modelos de comportamiento abusivo, haciendo de nosotros mismos victimarios o cómplices, apartándonos de los caminos que el Señor nos ha señalado con claridad, sino desde la memoria viva de la Palabra, y de los testigos de la misericordia del Dios que desde antiguo declaró: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído el clamor que le arrancan sus opresores y conozco sus angustias. Voy a bajar para librarlos” (Ex 3, 7-8). Del mismo Dios que suscitó a los profetas que alzaron su voz para advertir: “Busquen el derecho, protejan al oprimido, socorran al huérfano, defiendan a la viuda, luego vengan y discutamos…” (Is 1,17) Del Dios encarnado en Jesucristo, que proclama: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos ” (Lc 4, 18) y que proclama la llegada de su Reino invitando a contemplar como signos de su presencia sus acciones a favor de los que sufren: “Vayan y cuenten lo que acaban de ver y oír: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia” (Lc 7, 22). Asumamos como Iglesia en este tiempo que estamos viviendo esta tarea profética: asumámosla como Pueblo de Dios que peregrina, “entre las tribulaciones del mundo y los consuelos de Dios” (LG 8), entremos en esta misión, que nos implica y vincula a todos los creyentes: desde los que tenemos el ministerio de la conducción y el acompañamiento, hasta todos los laicos, llamados a ser fermento en la masa del mundo; todos los que siendo bautizados, somos también enviados a entregar consuelo y contención de parte del Señor, como asimismo, orientación para el discernimiento creyente y lúcido de los desafíos de nuestra época. Esta crisis es una oportunidad para, desde nuestra Fe, proclamar también la Esperanza, para no quedarnos impávidos y perplejos viendo como las mareas del mundo y de la historia pasan a nuestro lado y nos arrastran, sino para sumar nuestro esfuerzo, en gestos concretos y palabras oportunas, desde lo que somos y desde lo que hemos recibido: el Anuncio de Cristo Muerto y Resucitado, para ayudar a levantar los cimientos, desde cada una de nuestras pequeñas comunidades, de una sociedad que se acerque más al proyecto de humanidad por el cual Jesús extendió sus brazos en la cruz.

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Raúl Moris G. Pbro. Linares, octubre 2019

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